El violinista pamplonés, en su voz y en la de sus contemporáneos

“The public went mad everywhere, I have never experienced anything like it. If I am permitted to use the expression “to rave out”, then I say I rave about this Pablo.”

(“El público se volvía loco en todas partes. Nunca he experimentado nada parecido. Si se me permite usar la expresión “volverse loco”, tengo que decir que me volví loco con Pablo.”)

(Declaración de Max Bruch realizada en 1876, recogida por Christopher Fifield en su obra Max Bruch, his life and works)

Durante las tres últimas décadas del siglo XIX, el “fenómeno Sarasate” provocó un entusiasmo inusitado en los escenarios musicales de toda Europa y de Norteamérica. Ningún otro músico español de su época o las anteriores gozó de una fama semejante y de tal reconocimiento internacional. A diferencia de otros compositores ya olvidados, los más reconocidos violinistas siguen interpretando sus obras hoy en día, y ello a pesar de que no fue, ni pretendió serlo, un gran compositor. Su leyenda sigue viva en sus obras. Pero ¿qué decían de él sus contemporáneos?

EL SONIDO SARASATE

Sarasate fue célebre por el sonido que era capaz de extraer de su violín. ¿Cómo sonaba el violín de Sarasate? No es fácil saberlo porque las grabaciones que realizó en 1903 no tienen calidad de sonido suficiente como para juzgar su interpretación. Además, según algunos, Sarasate en esos años ya había perdido facultades.

“Sarasate, on the contrary, who had a dazzling 
tone, merely used the staccato volant, the “flying” staccato, not too fast a type, yet one 
infinitely graceful. This last quality, grace, 
illumined all his playing, and was sustained by 
a tone of a supreme singing quality which, 
however, was not very powerful.”

(“Sarasate, por el contrario, que poseía un tono deslumbrante, utilizaba frecuentemente el staccato volante, de manera no demasiado rápida, pero con una gracia infinita. Esta última cualidad, la gracia, iluminaba toda su manera de tocar, y era sustentada por un tono caracterizado por un supremo lirismo que, sin embargo, no era muy potente.”)

(Leopold Auer (1845-1871), Violin playing as I teach it)

En 1857, La France Musical publica la primera reseña francesa sobre el violinista aún adolescente: “Raramente hemos encontrado en un instrumentista igual exactitud y pureza de sonido; su manera de decir está a la altura de su ejecución: nos hemos limpiado repetidas veces los anteojos para convencernos de que era él solo quien tocaba… verdaderamente eran suyos aquellos staccatos, arrancados con una limpidez y pureza que ningún otro artista podría obtener”. Sarasate acababa de ganar el Primer Premio de Violín del Conservatorio de París. Tenía trece años.

En su primera gira americana, en la que se embarcó a los 25 años, el estilo de Sarasate es descrito como dulce y puro, libre de cualquier tipo de ruido o fricción provocado por el contacto del arco con las cuerdas y nada sentimental; comparado con otros, utiliza poco el vibrato. En el periódico musical francés Le Ménestrel se lee en 1874: “Justeza absoluta, mecanismo irreprochable, arco firme, vigoroso y variado, seguridad prodigiosa de ejecución, estilo lleno de grandeza y de expresión, estas son cualidades cuyo ensamblaje hacen de Sarasate uno de los primeros artistas de este tiempo”. Y dos años más tarde: “Su mano izquierda está dotada de una rara destreza, sus trinos y las notas sobreagudas son de una precisión desesperante para los otros virtuosos y representan para nosotros el ideal de la perfección”.

Aunque quizá resulten más concluyentes las palabras de su amigo Enrique Fernández Arbós —niño prodigio, como Sarasate, que fue violinista concertino de la Filarmónica de Berlín y de la Sinfónica de Boston, profesor del Royal College of Music del Londres y director de la orquestas sinfónicas de Boston y Madrid—: “Tocando, sin caer en comparaciones ridículas y fuera de lugar entre artistas de fama mundial, puede decirse que ha sido una de las más grandes personalidades que ha tenido el violín. Todos los demás son fruto de una escuela, pero Sarasate tocaba como nadie lo había hecho hasta entonces ni lo hizo después. Tal vez era debido a que nunca estuvo mucho tiempo bajo la misma tutela. En París trabajó hasta los doce años con D’Alard y luego siguió a impulso de su propia personalidad. Una de sus cualidades era el sonido, de una pureza que no he vuelto a oír jamás. A esto se unía una poesía infinita y una gran placidez. En lo sereno, en lo lírico, fue insuperable; la gracia de su temperamento esa esencialmente viril y fuerte, aunque tamizada por la gentileza y la galanura francesas”. Como lo expresaba Leopold Auer, uno de los más importantes pedagogos del violín, además de violinista y compositor, “tenía un tono deslumbrante y hacía el staccato volante no muy rápido aunque con una gracia infinita. Esta última cualidad, la gracia, iluminaba todas sus interpretaciones, que se apoyaban en un tono cantable de una calidad suprema”.

SARASATE COMO DIVULGADOR

Sarasate jugó un triple papel como divulgador: en Francia, se convirtió en difusor de las obras alemanas; en el resto de países en los que tocó —Alemania, Reino Unido, Estados Unidos, Holanda, Rusia, España…— fue el embajador de la música francesa; y además fue un importante impulsor del hispanismo musical en Francia. “Sarasate, parisino de adopción, pero tan español como lo puede ser por su cultura y su temperamento fue uno de los primeros en promover, y de una manera muy significativa, el hispanismo musical en Francia” escribe Christianne le Bordays.

Sarasate no se limitó a divulgar las obras escritas para él. El proceso fue más bien el inverso: debido al éxito de las obras que Sarasate interpretaba, los compositores componían expresamente para él. En otras ocasiones, era Sarasate el que se las solicitaba. Así escribía Edouard Lalo a Sarasate: “Me siento muy contento de que mi Sinfonía Española, gracias a tu maravilloso arco, haya sido aprobada tanto en América como en Europa. No me extraña: por todos los sitios por donde vas, los compositores que tienen la suerte de ser interpretados por ti dejan recuerdos que no harían sin tu colaboración”. Enrique Fernández Arbós lo cuenta de este modo: “Justo es decir que se le debe el cambio completo del repertorio violinístico. Hasta entonces, en Alemania se había tocado el Concierto de Mendelssohn y el de Beethoven, alguno de Mozart, mucho de Spohr, Bach, la Fantasía de Schumann (…); también Corelli, Vivaldi, Tartini, Viotti…, en suma, los clásicos alemanes e italianos; sin olvidar el Concierto Húngaro de Joachim, el primero de Max Bruch y el de Brahms, y desde luego todo el repertorio de música de cámara. Sarasate sorprendió a Alemania presentándose con el nuevo repertorio francés, para ellos desconocido, y del que fue el primer propagador en el mundo entero”.

SARASATE COMO INSPIRADOR

“Tu aparición en mi vida ha sido la más grande fortuna de este artista; sin ti yo hubiera continuado escribiendo mis insignificantes producciones… Gracias a ti ha nacido el concierto; yo dormía, tú al despertarme me lo has revelado. Con el Concierto comienza una nueva etapa en mi vida y durante ella iré hasta el fin de mi Roi d’Is pasando por la Sinfonía Española y el Concierto de violoncello”. Es Edouard Lalo otra vez; expresaba así su agradecimiento a Sarasate por la inspiración que le había proporcionado para componer su concierto de violín. Y no era el único que lo hacía en términos semejantes. Max Bruch escribía al editor berlinés Simrock a propósito de su segundo concierto para violín: “Lo he escrito por requerimiento de Sarasate y expresamente para él. Las principales ideas de la obra nacieron del entusiasmo que ha hecho nacer en mí la indecible perfección con la que él ha realizado el primer concierto”. Y años más tarde escribiría: “Cuando pensé ayer vivamente en Sarasate y resurgía en mí el arte maravilloso de su manera de tocar, me sobrevino de repente un raptus, y me puse a escribir en una sola noche, casi la mitad de la Fantasía Escocesa”. “A Sarasate le corresponde la distinción de haber popularizado los Conciertos de Bruch, Lalo y Saint-Saëns” dice también Leopold Auer en su Violin Playing as I Teach It.
Algo tenía Sarasate que encandilaba a los compositores de su tiempo. Le dedicaron obras, entre otros, compositores tan importantes como Max Bruch, Edouard Lalo, Henryk Wieniawsky, Camille Saint-Saëns, Antonin Dvorak, Alexander Mackenzie e Ignacy Paderewski.

SARASATE COMO SEDUCTOR

“Hijo de tierra de ensueños, pequeño de estatura, delgado y de figura romántica, pálido, rizoso y negro el cabello, ojos grandes del mismo color y algo saltones, sacaba de su violín un sonido cristalino y encantador, y mostraba un juego límpido y elegante. Todo ello le favoreció para que se llevara de calle a las señoras, a rastras de éstas a los varones, a los aristarcos y hasta a los partidarios del colega doblemente maltrecho que Sarasate sustituía. El milagro estaba hecho.”

(Juan Manén (1883-1971), violinista barcelonés, a propósito de un concierto de Sarasate en Viena. En Mis experiencias)

“Me critican que he pintado a Sarasate en un almacén de carbón y otras estupideces por el estilo. Yo solamente sé que él aparecía como se ve en mi cuadro cuando le vi tocar en Saint James’s Hall”. Así se expresaba James McNeill Whistler sobre su retrato de Sarasate, expuesto en el Carnegie Institute de Pittsburg (Estados Unidos). En palabras del violinista Joseph Szigeti: “Fijaba su mirada más allá de las cabezas del público y daba la impresión de que estaba ausente, como si la música que tocaba no fuera con él”. Y Kreisler lo expresaba así: “Cuando colocaba el violín debajo del mentón y todos creían que iba a comenzar lo dejaba caer, se colocaba un monóculo y observaba al público. Tenía una manera de dejar caer el violín que sobresaltaba al público. Lo deslizaba a lo largo de su esbelta figura, tomándolo del extremo justo a tiempo. Era un truco muy suyo”. Ese porte extravagante que lucía Sarasate en sus conciertos lo achacaban algunos, sin embargo, a su miopía, que su coquetería no dejaba traslucir. Lo del monóculo no deja de ser una curiosidad para especialistas: en ninguna de las fotografías de las muchas que se hizo en su vida aparece con lentes o monóculo.

Pero su espíritu seductor iba más allá de los escenarios. “Quienes asistían entonces a mis soiréesmusicales de los lunes no han olvidado la brillantez de mi ilustre amigo; era tal su resplandor que durante varios años ningún otro violinista aceptó tocar en mi casa. Todos estaban asustados ante la idea de enfrentarse a la comparación. Y él no sólo brillaba allí por su talento, sino también por su espíritu y por la elocuencia inagotable de su conversación, siempre interesante y sabrosa”. Así recordaba Camille Saint-Saëns a su gran amigo Pablo Sarasate.

Fernández Arbós, que le acompañó en tantas ocasiones —también en Pamplona—, lo describe muy bien: “No creo que haya habido nadie con un aspecto más perfecto y una elegancia más acabada. Se diría que había nacido con el violín; que él y su instrumento formaban un solo cuerpo. En nada revelaba el menor esfuerzo. Cuando tocaba con orquesta, hasta el momento exacto de empezar, miraba distraído la sala entornando los ojos y atusándose el bigote; verdad o no, demostraba la despreocupación más absoluta y en el momento justo atacaba sin un solo gesto de preparación previa”.

GENIO Y OPORTUNIDAD

El éxito excepcional de Sarasate contó con dos importantes catalizadores. El primero tiene que ver con la expansión de las salas de conciertos y la configuración de las orquestas como entes estables que demandan nuevas creaciones y artistas, algo que tiene lugar desde finales de los años sesenta del siglo XIX. Esto va unido a la gran popularidad que alcanzan en Francia y el Reino Unido los conciertos populares, que conquistan nuevos públicos y cuya moda se extiende por toda Europa. El segundo catalizador que va a contribuir a convertir a Sarasate en el virtuoso más famoso de Europa y, seguramente, del mundo, es un avance tecnológico ajeno a la música: el tren, que acorta drásticamente el tiempo y las distancias, haciendo posibles giras que resultaban inimaginables pocos años antes. Otto Goldschmidt, pianista acompañante, administrador y amigo de Sarasate, escribía en 1889, en una de sus cartas: “Hace tres días tocamos en Berlín, hace dos en Cöthen, tomando el ferrocarril después del concierto para ir a dormir a Leipzig; ayer fuimos a Zeitz, tocamos y volvimos a Leipzig, y esta tarde vamos a Dresde para tocar mañana”. El propio Sarasate lo contaba así ese mismo año: “He llevado una vida vertiginosa… Salí de París a fines de octubre y recorrí toda la Suiza, Holanda y gran parte de Alemania, sin contar lo que nos queda que recorrer antes de ir a Londres. Mis conciertos en Berlín han sido magníficos y cada vez hemos tenido que rehusar más de mil personas. El escenario detrás de la orquesta está lleno de gente y los fanáticos del arte esperándome en la calle a las doce de la noche para hacerme una ovación”. Todo un anticipo del fenómeno de los fans y del modo de vida que caracterizará a las estrellas del pop y rock de los siglos XX y XXI.

EL “OTRO” SARASATE

Hay una faceta de Sarasate poco conocida: la de su pasión por la música de cámara. Era algo que guardaba para sí, para el ámbito privado. Llegó a formar un cuarteto de cuerda, el cuarteto Sarasate, con el que tocaba en su piso del Boulevad Malesherbes de París y en veladas privadas, como las que tenían lugar en casa del abuelo del escritor y artista Jean Cocteau, relatadas por éste en sus memorias. En la década de 1880 integraban el cuarteto Sarasate, además de éste como primer violín, el violinista Armand Parent, el viola Ignacius van Waefelghem y el violonchelista Jules Delsart. Carl Flesch se refiere en su obra El arte de tocar el violín a su amor no correspondido por la música de cámara, y Fernández Arbós afirma: “Uno de los recuerdos que guardo de Sarasate es como ejecutante de cuartetos. No todos le iban, pero en Schumann y Schubert era espléndido”. Una imagen muy distinta, sin duda, a la del músico efectista, superficial y hasta circense que muchos proyectaban de él.

En cuanto a la calidad de su repertorio, Leopold Auer escribió: “Entre 1870 y 1880 esta tendencia a tocar música de mayor calidad ante las audiencias públicas creció tanto y el valor de este principio se hizo tan extenso, aceptado y potenciado por la prensa en general y la musical en particular, que los grandes virtuosos como Wieniawski y Sarasate –los mayores exponentes del movimiento– se sintieron forzados a hacer extensivo el uso de las grandes composiciones para violín en sus conciertos. Con las particularidades de cada uno –en el mejor sentido de la palabra– incluyeron la Chaconne de Bach y otras de sus composiciones, lo mismo que el Concierto de Beethoven, en sus programas. Su concepción artística en la ejecución de estas composiciones añadieron no poco a su fama. Las originales, ingeniosas y efectivas piezas de concierto, sus Aires Españoles, coloreados con el fuego y la sensibilidad de su tierra natal, aportaron no poco al repertorio violinístico. Pero la máxima apreciación que él ganó fue tocando las grandes obras de concierto de su propia época con las que obtuvo el máximo crédito.”

L. G. E.